Durante décadas, los análisis de suelos nos enseñaron a mirar la fertilidad como una suma de números: nitrógeno, fósforo, potasio. Sin embargo, hoy sabemos que esa visión reducida nos dejó ciegos frente a lo más importante: la vida en el suelo y su capacidad de transformar los nutrientes en alimentos de calidad.
La ciencia nos está mostrando con fuerza estas conexiones invisibles. Un ejemplo claro lo vemos en la relación entre la respiración microbiana del suelo y la presencia de lombrices de tierra. Allí donde los microorganismos respiran más CO₂, abundan los canales de lombrices, arquitectos de la fertilidad. Esto confirma que la biología y la física del suelo trabajan de la mano, creando espacios para el agua, el aire y las raíces.
Otro hallazgo revelador está en el nitrógeno. Desde 1965, gran parte de los análisis convencionales midieron solo la fracción inorgánica, ignorando que casi la mitad del nitrógeno está en forma orgánica. Es decir, hemos tomado decisiones de fertilización “a ciegas”, sin considerar un reservorio esencial que alimenta los cultivos a mediano plazo.
La calidad de los residuos vegetales también cuenta una historia poderosa. Cuando la relación Carbono:Azufre es menor a 200:1, se promueve la mineralización, liberando azufre para las plantas. Pero si la relación supera 400:1, ocurre lo contrario: los microorganismos capturan ese azufre y lo inmovilizan. En otras palabras, la naturaleza nos recuerda que no todo carbono es igual; la composición de la materia orgánica define si los nutrientes circulan o se bloquean.
Y mientras tanto, las plantas cumplen un rol silencioso pero decisivo. Cerca del 20% del carbono fijado por fotosíntesis es liberado a través de las raíces en forma de exudados: azúcares, aminoácidos y compuestos que alimentan a la biología del suelo. Se trata de un verdadero “sol líquido” que fluye bajo tierra, sosteniendo cadenas alimenticias invisibles pero vitales.
El resultado final de todo este entramado es contundente: a mayor salud del suelo, mayor densidad de nutrientes en los cultivos. Y eso significa alimentos más ricos, no solo en sabor, sino también en minerales y vitaminas que impactan directamente en la salud humana y animal.
Si el siglo XX fue la era de los fertilizantes químicos, el siglo XXI nos desafía a mirar más profundo. No basta con producir más toneladas por hectárea: necesitamos producir mejores alimentos, que nutran y fortalezcan. Y eso comienza donde pocas veces miramos: en la biología viva del suelo.
Quizás el gran aprendizaje de esta nueva ciencia es que la agricultura regenerativa no es solo un modelo productivo, sino un modelo de salud pública. Lo que ocurre bajo nuestros pies, en ese entramado de raíces, lombrices y microbios, define la calidad de nuestra dieta y el futuro de nuestra especie.
Por Angel de Bulnes y Hardy Cárdenas.