Hace algunos meses, un documento llegó a mis manos gracias a Carlos García. Se titulaba “Cosmovisión Mapuche, Territorios, Crisis Climática: Un vínculo vital”. Yo, que paso mis días entre gráficos de carbono orgánico, microbiología, mapas de producción de MS y NDVI, análisis de datos, esperaba un texto antropológico.
Lo que encontré fue algo distinto: un manual de ingeniería ecológica escrito hace siglos.
Mientras la agricultura moderna busca desesperadamente “soluciones sustentables”, allí estaba una cosmovisión que nunca necesitó esa palabra. Porque cuando se vive en relación recíproca con un ser vivo —la Mapu—, la extracción sin devolución no es una opción técnica: es una ruptura ética.
Los pilares que ya estábamos midiendo (aunque no sabíamos su nombre)
En Grassland Analysis ayudamos a productores a leer la salud de sus suelos. Medimos carbono activo, biodiversidad microbiana, química de suelo, entre otros indicadores. Un día, observándolos, entendí algo incómodo y revelador: estábamos midiendo conceptos ancestrales sin haberlos nombrado.
Itrofill Mogen, la diversidad de la vida, no es poesía. Es el informe microbiológico que muestra redes de hongos, bacterias y otros microorganismos del suelo conectados con las raíces. Es la biodiversidad funcional que sostiene la productividad real de un sistema.
Az Mapu, la ley natural del territorio, no es mitología. Es el límite biofísico que el suelo impone cuando se compacta en exceso. Es el ciclo del agua que se rompe cuando se elimina el bosque nativo, cuando se ara un suelo o se sobrepastorea.
Küme Mogen, el buen vivir, no es una utopía. Es la resiliencia económica que aparece cuando el suelo retiene agua en sequía. Es la autonomía que surge cuando un sistema deja de depender de insumos externos frágiles.
Habíamos estado traduciendo, sin saberlo, un lenguaje sagrado al lenguaje de la ciencia.
Y la traducción era inquietantemente precisa.
El error que seguimos repitiendo
Nuestro modelo “verde” actual padece una contradicción profunda: quiere salvar la naturaleza sin cambiar la relación con ella. Habla de “gestionar recursos”, cuando el problema es relacional, no operativo.
La cosmovisión mapuche es clara y exigente: no existen “recursos naturales”. Existen ngen, fuerzas y custodios del territorio con los que se entra en relación. No se toma sin devolver. No se impone sin escuchar.
Por eso gran parte de la agroecología moderna sigue siendo extractiva: reemplaza insumos químicos por insumos orgánicos, pero mantiene intacta la lógica de control. Cambia los materiales, no la relación. Sigue siendo un monólogo técnico, cuando la vida exige diálogo.
Cuando la ciencia y la sabiduría se reconocen
En una reunión con autoridades ancestrales, mostramos gráficos de secuestro de carbono a un werken mapuche. Observó las curvas y dijo algo simple:
“Es la Mapu recuperando su newen”.
Luego habló del ngillatun, de pedir permiso al territorio. En ese momento no hubo dos mundos enfrentados. Hubo una sola comprensión: la tierra está viva; su salud puede medirse, el suelo puede recuperarse, pero también debe honrarse.
Somos la primera generación capaz de usar imágenes satelitales, análisis de laboratorio y ciencia de datos para demostrar que, donde se respeta el Az Mapu, los suelos retienen carbono, el agua infiltra y la biodiversidad se expande. No para dominar el territorio, sino para defenderlo.
Una advertencia necesaria
Esto no es una idea para el marketing verde. No se trata de incorporar palabras en mapudungun en informes corporativos. La regeneración auténtica exige reciprocidad real.
Si tomamos conocimiento, debemos devolver autonomía, herramientas y poder. La tecnología —incluido el análisis de suelos— debe fortalecer primero a los territorios y a sus comunidades, no solo a los mercados. La regeneración que no cuestiona la desigualdad y la dependencia no es regeneración: es adaptación del mismo modelo.
El orden que lo vuelve coherente
Este camino me llevó también a una reflexión personal más profunda. La fuerza de esta cosmovisión no surge solo del vínculo con la naturaleza, sino de un orden mayor:
Dios (el Creador) – ser humano (custodio) – naturaleza (creación viva).
Cuando el ser humano se pone en el centro, aparece el extractivismo.
Cuando la naturaleza ocupa el lugar de Dios, se pierde el orden.
El equilibrio —el verdadero küme mogen— está en asumir nuestro rol: no dueños, no espectadores, sino puentes conscientes.
El llamado: volver a escuchar
La próxima vez que mires un análisis de suelo o un análisis microbiológico, piensa esto: esa materia orgánica, ese carbono orgánico, es la Mapu regenerando su newen. Esa infiltración es el territorio recordando su Az Mapu. No estamos gestionando un recurso: estamos sanando una relación rota.
El futuro regenerativo no se inventará solo en laboratorios ni en nuevas tecnologías. Se está recordando, con urgencia, en los territorios que nunca olvidaron que la tierra está viva, habla y exige reciprocidad.
Nuestra tarea ya no es solo innovar.
Es traducir.
Y, sobre todo, escuchar.




