Tiene 33 años, nació y se crió en La Unión, y su historia personal está profundamente entrelazada con el territorio que hoy busca proyectar. Karla Martínez González no llegó al liderazgo desde la ambición del cargo ni desde la comodidad del camino trazado. Llegó desde la renuncia, el amor, la maternidad y una convicción profunda: que el desarrollo —especialmente el turismo— solo es posible si se construye desde la comunidad y la asociatividad.
Hoy es presidenta de la Cámara de Turismo de La Unión. Pero antes de eso, y por sobre todo, es hija, madre, emprendedora y una mujer que ha tomado decisiones difíciles cuando la vida se lo ha exigido.
—Para comenzar, ¿quién es Karla Martínez?
—Soy Karla Martínez González. Nací y me crié en La Unión, y aquí sigo viviendo. Actualmente estoy a cargo del Club Artesano de La Unión, El Porvenir, y desde hace seis meses soy presidenta de la Cámara de Turismo de La Unión.
—¿Cómo llegas a asumir la presidencia de la Cámara de Turismo?
—Fue un proceso muy humano. Don Iván Ríos Tribiño, fundador y presidente histórico de la Cámara durante 13 años, comenzó a decir que la organización necesitaba un “refresh”, un aire nuevo. En conversaciones muy simples, incluso tomando mate, él me decía que quería dar un paso al costado, pero sin dejar sola a la Cámara.
Yo al principio no quería. Lo digo con total honestidad. Era una responsabilidad grande, otro peso más. Pero los socios me dijeron algo que fue clave: “No vas a estar sola, vamos a trabajar unidos”. Ahí entendí que esto no era un cargo, era un proyecto colectivo.
Don Iván ha sido un gestor incansable del turismo y del patrimonio local. Siempre trabajó pensando en la comunidad. Y yo sentí que era momento de asumir, aprender y aportar desde lo que soy.
—No vienes desde la formación turística tradicional…
—No. Yo siempre he sido muy sincera con eso. No soy guía turística, no vengo desde la academia del turismo. Soy empresaria gastronómica, trabajo en el rubro, recomiendo, conecto, promuevo. Pero, sobre todo, amo profundamente a La Unión. Soy muy abanderada de mi ciudad. Y creo que eso pesa más de lo que uno cree.
—Tienes 33 años. ¿Cómo ves a tu generación frente a este desafío?
—Es una generación potente, empoderada, pero también más consciente. Hay una preocupación real por educarnos ambiental y culturalmente. La Unión es una comuna impresionante: va desde la cordillera hasta el mar, tiene ríos, patrimonio, historia. Pero da la sensación de que el turismo se hace poco o se hace mal.
Llegan turistas y no siempre encuentran dónde comer, qué hacer o a quién preguntar. Eso es una realidad que hay que enfrentar. Nosotros tenemos abierto los domingos para atender turistas que están en la comuna, por ejemplo.
—¿Dónde está el principal problema?
—En el individualismo. Se trabaja demasiado solo. Y así no se puede construir turismo real. Desde que asumí, mi lema ha sido la asociatividad. Necesitamos unirnos: municipalidad, gremios, organizaciones turísticas, guías, empresas de turismo, etc.
Falta sentarnos todos a la mesa, tener reuniones periódicas, hablar el mismo lenguaje, construir un discurso común. Hoy cada uno dice algo distinto, y eso confunde tanto a la comunidad como a los visitantes.
—¿Sientes que ha faltado apoyo?
—Más que falta de apoyo, hay una forma de trabajo fragmentada. Muchas veces uno siente que tiene que andar tocando puertas, presentándose, explicando quién es. Aun así, he recibido apoyo importante: Sernatur, consejeros regionales, personas que han creído y han ayudado.
Pero tenemos que pasar de la conversación a la acción. No quedarnos solo en charlas o seminarios. Necesitamos resultados concretos.
—También has sido clara en marcar una diferencia respecto al lucro…
—Sí. Muchas iniciativas hoy se mueven solo por dinero. Y no está mal vivir del turismo, pero no puede ser lo único. Nuestra Cámara es una organización sin fines de lucro. Todo lo que hacemos lo gestionamos nosotros mismos, con nuestros socios.
Y algo que me enorgullece profundamente: todas las actividades que hemos realizado han sido gratuitas para la comunidad. Eso habla de quiénes somos. El turismo también es acceso, es comunidad, es compartir.
(Durante la entrevista, Karla se detiene un momento para atender con cariño a una persona que pasa cerca. Sonríe, vuelve. Ese gesto sencillo dice tanto como sus palabras.)
—¿Qué sueñas para La Unión desde el turismo?
—Sueño con una ciudad unida, orgullosa de lo que tiene. Con un turismo ordenado, consciente y humano. Que no se base solo en ganar, sino en compartir. Que cuando alguien venga, sienta que aquí hay amor por el territorio y por las personas.

—Has mencionado varias veces la importancia de comunicar bien las actividades. ¿Qué rol cumplen los medios en este proceso?
—Cumplen un rol fundamental. Hoy muchas personas me reclaman y me dicen: “No me enteré”. Y claro, se publica mucho en redes sociales, pero no todos están ahí. Falta la radio, falta el boca a boca, falta diversificar los canales.
La radio sigue siendo muy importante, incluso para mi generación. Pero el público está segmentado: hay personas que solo se informan por redes, otras por radio, otras por medios escritos. Si queremos que las actividades realmente lleguen a la comunidad, tenemos que usar todos los medios disponibles.
Por eso valoro tanto el trabajo de los medios locales. Son clave para el desarrollo del turismo y para fortalecer la identidad de la comuna. Sin difusión, sin comunicación, todo el esfuerzo que se hace queda a medias.
—Pero tu liderazgo no nace solo desde lo gremial. Hay una historia personal muy fuerte detrás…
—Sí…
(Hace una pausa. Se emociona.)
Todo esto nace por amor. Por amor a mi mamá.
Yo tenía mi propio camino. Soy psicopedagoga, estuve a punto de sacar educación diferencial, trabajaba 44 horas en un liceo, con estabilidad, vacaciones, todo. Paralelamente tenía mi emprendimiento de aromaterapia con la empresa Swiss just-chile. Me iba muy bien. Incluso tenía proyección internacional.
Pero llegó la pandemia. Y mi mamá colapsó emocional y económicamente. Estaba agotada. Y ahí lo entendí: mi profesión la puedo ejercer toda la vida, pero mi mamá no es para siempre.
Hablé con el director del liceo y renuncié. Salí por la puerta ancha.
—No fue la única renuncia…
—No. Volví de a poco al restaurante. Trabajé con ella, reorganizamos todo. Fue duro, pero resultó. Después renuncié completamente a mis horas y me quedé solo acá, en el Club Artesano. Estuvimos dos años trabajando juntas, nos fue muy bien.
Yo después volví a mis proyectos personales, con mucha fuerza. Gané un viaje a Suiza, quería expandirme, ir a Argentina. Y entonces mi mamá me dice: “Tienes dos semanas para decidir si te haces cargo del restaurante, porque yo ya no doy más”.
Fue el conflicto más grande de mi vida. Porque este lugar es todo para mí. Me encanta atender, me encanta la gente. Pero entendí algo: ella ya estaba en una etapa donde debía bajar el ritmo… y no podía.
Entonces decidí quedarme. Por amor. Por salud. Por familia.
—¿Cómo se sostiene emocionalmente un proceso así?
—No es fácil. Hubo meses muy duros. Lloré mucho. Tengo un rincón que le digo “el búnker”, donde más de una vez me quebré. Pero seguí. Porque la vida sigue. Cada día es nuevo.
Mi mamá es mi pilar. Siempre ha sido mi promotora número uno. Me enseñó desde niña que siempre se puede. Es la matriarca de nuestra familia. Tengo una hija que es mi motor. Ellas son mi fuerza.
—Después de todo lo vivido, ¿sientes que estás donde debes estar?
—Sí. Absolutamente.
Estoy donde debo estar.
Cierre editorial
La historia de Karla Martínez es la de un liderazgo que no se construye desde el poder, sino desde la renuncia, el amor y la coherencia. En su relato conviven la maternidad, la familia, el trabajo comunitario y una visión clara de futuro. Representa a una generación joven que no teme hacerse cargo, que entiende que el desarrollo no es solo económico, y que a veces el mayor acto de liderazgo es quedarse cuando sería más fácil irse.




