Dogmatismo, territorio y observación: cuando dejamos de hacer preguntas

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Una reciente reflexión del antropólogo Eduardo Restrepo, académico de la Universidad Católica de Temuco, publicada en la revista Tabula Rasa bajo el título «Teoría social, metodologías en fuga y materialidades en el establecimiento académico: apuntes desde un prisma anarquista» (2026), plantea una crítica profunda al funcionamiento actual de la academia latinoamericana. Su análisis invita a reflexionar sobre un fenómeno mucho más amplio y transversal: el dogmatismo.

Pero ¿qué es el dogmatismo?

El dogmatismo es la tendencia humana a transformar nuestras explicaciones sobre la realidad en verdades absolutas. Ocurre cuando dejamos de observar para comenzar a defender. Cuando una idea, una teoría o una creencia deja de ser una posibilidad y se convierte en una certeza incuestionable.

Solemos asociar el dogmatismo a la religión, la política o las ideologías. Sin embargo, puede aparecer en cualquier espacio donde existan seres humanos. En la ciencia. En las universidades. En los centros de investigación. En las empresas. En los medios de comunicación. Y también en nuestra propia vida.

Muchas veces creemos que el dogmatismo es un problema de otros. De instituciones rígidas, de sistemas de poder o de quienes se niegan a escuchar opiniones distintas. Sin embargo, la experiencia demuestra que también puede instalarse silenciosamente en nuestras propias convicciones.

Lo interesante es que el derrumbe de una certeza no necesariamente representa una pérdida. Puede transformarse en una oportunidad para observar desde otro lugar.

Vivimos en una época donde pareciera existir una necesidad permanente de tener respuestas para todo. Sin embargo, la realidad es mucho más dinámica que nuestras explicaciones. Los sistemas vivos cambian, las personas cambian, los territorios cambian y los desafíos evolucionan constantemente.

La ciencia nació precisamente para enfrentar esa complejidad. Su esencia consiste en observar, experimentar, contrastar hipótesis y corregir conclusiones cuando aparecen nuevas evidencias. Ninguna teoría científica es definitiva. Todas son aproximaciones temporales a una realidad que siempre resulta más compleja de lo que imaginamos.

Sin embargo, cuando una institución comienza a proteger sus respuestas más que sus preguntas, aparece el riesgo del estancamiento. Según Restrepo, gran parte de la investigación contemporánea opera dentro de estructuras burocráticas que premian la productividad medida en indicadores, publicaciones y proyectos financiados. En muchos casos, el objetivo deja de ser comprender mejor la realidad y pasa a ser cumplir con los requisitos del sistema. Las preguntas más disruptivas o incómodas tienen cada vez menos espacio.

Pero existe otra consecuencia menos visible y quizás más profunda: la desconexión con el territorio.

He recorrido durante años campos, praderas y fundos de la Región de Los Ríos. Y lo que más me ha llamado la atención no es la falta de conocimiento técnico — en muchos casos existe, y es bueno — sino la brecha entre lo que los datos muestran y lo que las instituciones recomiendan. He visto suelos que llevan más de una década enviando señales claras de agotamiento mientras los protocolos de apoyo siguen sin cambiar. He conversado con productores que ya saben que algo no está funcionando, pero que no encuentran interlocutores capaces de hacer preguntas distintas. El campo habla. El problema es cuando nadie escucha porque ya se tiene la respuesta.

Esto ocurre cuando creemos que ya entendemos un fenómeno y dejamos de observarlo. Cuando dejamos de observarlo, dejamos de escucharlo. Y cuando dejamos de escucharlo, comenzamos a perder contacto con la realidad que intentamos comprender.

La paradoja es evidente: mientras la vida avanza, nuestras explicaciones pueden quedarse atrás.

Por eso la conexión con el territorio es mucho más que una presencia física. Es una actitud de observación permanente. Es la disposición a reconocer que la realidad siempre tiene algo nuevo que enseñarnos.

Esto no es solo un problema académico. Es una pregunta que le pertenece a cualquiera que trabaje con la tierra, que tome decisiones sobre el territorio, que eduque o que investigue en esta región. La observación no se recupera en los congresos. Se recupera en el campo, en el aula, en la conversación que no termina con una conclusión sino con una pregunta nueva.

Los desafíos agrícolas, ambientales y sociales que enfrentamos hoy requieren más ciencia, más investigación y más tecnología. Pero también requieren más humildad intelectual. La capacidad de reconocer que ninguna teoría, metodología o institución posee una comprensión completa del mundo.

Quizás el mayor riesgo para cualquier universidad, centro de investigación o institución dedicada al conocimiento no sea equivocarse. Quizás el verdadero riesgo sea dejar de observar. Porque cuando eso ocurre, comenzamos a hablar mucho sobre la realidad y cada vez menos con la realidad.

La observación comienza precisamente donde terminan las certezas absolutas. Muchos de estos conceptos son desarrollados en El Observador, obra próxima a publicarse dentro de una serie de libros en proceso, donde se explora cómo las certezas moldean nuestra forma de interpretar los territorios y cómo ampliar la mirada puede transformar no solo lo que comprendemos, sino lo que somos capaces de hacer con esa comprensión.

Porque las respuestas son importantes.

Pero son las preguntas las que mantienen vivo el conocimiento.

Fuente: Restrepo, Eduardo (2026). Teoría social, metodologías en fuga y materialidades en el establecimiento académico: apuntes desde un prisma anarquista. Revista Tabula Rasa, Nº 58, pp. 99-116.

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