¿Qué pasaría en un país que deja de invertir en ciencia básica?

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Ante las desafortunadas declaraciones sobre los “libros preciosos” del Presidente Kast y los traspiés de la Ministra Lincolao, han surgido numerosas cartas y columnas en defensa de la ciencia y de la generación de conocimiento básico. Uno de los argumentos más frecuentes es que la ciencia básica suele conducir, con el tiempo, a aplicaciones concretas. Hay muchos ejemplos: la mecánica cuántica permitió el desarrollo de semiconductores, láseres y computadores; la relatividad general hizo posible el GPS; la física de partículas contribuyó al desarrollo de internet y de tecnologías de imágenes médicas; y la mecánica estadística abrió camino a la inteligencia artificial. Todas estas disciplinas surgieron como ejercicios intelectuales sin una finalidad económica inmediata.

 

Sin embargo, este argumento es insuficiente por al menos tres razones. Primero, todavía existen innumerables preguntas fundamentales sin respuesta sobre el universo y la vida. Aún no sabemos cómo reconciliar la mecánica cuántica con la relatividad general, qué ocurre dentro de los agujeros negros, cómo diseñar catalizadores ideales para desafíos como la captura de carbono o la producción sostenible de alimentos, cómo surgió la vida, qué es la consciencia o por qué envejecemos. Además, un estudio publicado en PNAS en 2022 estima que todavía quedan unas 9.200 especies de árboles por descubrir. Pensar que solo deberíamos investigar temas aplicados cuando queda tanto por comprender refleja una visión limitada frente a la complejidad del mundo.

Segundo, una visión de la ciencia basada únicamente en el crecimiento económico contradice la idea de que el conocimiento es un derecho. Chile ha ratificado numerosos tratados internacionales relacionados con el derecho a disfrutar de los beneficios de la ciencia. Restringir la investigación a aquello que se considera útil desde el poder político limita la libertad intelectual y la creatividad. Históricamente, los grandes descubrimientos han surgido en entornos que favorecen el pensamiento crítico y la exploración libre.

 

Tercero, una ciencia aplicada que no se apoye en una investigación básica sólida tiende a fracasar. Esto puede observarse en áreas como los biofertilizantes y otros bioproductos agrícolas: aunque algunos son exitosos, muchos no entregan los beneficios prometidos y terminan generando pérdidas económicas y productivas.

 

Ahora bien, incluso si aceptáramos por un momento la lógica utilitarista del presidente, cabe preguntarse: ¿qué ocurriría si un país dejara de invertir en ciencia básica? ¿Qué dicen los datos sobre sus efectos económicos?

 

Durante las últimas décadas ha surgido la metaciencia o “ciencia de la ciencia”, disciplina que estudia cómo funciona la investigación científica. Sus resultados muestran que abandonar la ciencia básica sería una decisión miope. Yu et al. (2025), en Applied Economics, analizaron miles de empresas chinas entre 2001 y 2020 y concluyeron que la inversión en investigación básica impulsa significativamente la innovación tecnológica, especialmente cuando se combina con investigación aplicada. De manera similar, Ceccagnoli et al. (2024), en Research Policy, estudiaron más de 5.000 empresas manufactureras estadounidenses y encontraron que aquellas que realizaban investigación básica desarrollaban tecnologías más innovadoras y de mayor impacto.

 

Por su parte, Ke (2020), tras analizar 3,8 millones de artículos científicos, mostró que los trabajos de ciencia básica y aquellos que proponen nuevas teorías tienen una mayor probabilidad de generar impacto tecnológico directo. Además, según los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), cada dólar invertido en ciencia básica estimula alrededor de 8,38 dólares adicionales de inversión privada en investigación y desarrollo, y genera aproximadamente 2,46 dólares en actividad económica. La financiación pública de la ciencia básica ha sido clave para tecnologías hoy indispensables, como internet.

 

La evidencia es clara: invertir en ciencia básica fortalece la innovación tecnológica, impulsa la inversión privada y favorece el crecimiento económico.

 

Todo este debate resulta particularmente llamativo en un país como Chile, que destina apenas el 0,36 % de su PIB a investigación y desarrollo, muy por debajo del promedio de la OCDE (2,72 %). Además, en muchas disciplinas la distinción entre ciencia “básica” y “aplicada” ha perdido relevancia, porque ambas se alimentan mutuamente. Una visión exclusivamente economicista de la ciencia no solo deja sin respuesta los grandes misterios del universo y restringe la creatividad, sino que también termina perjudicando la innovación tecnológica y el desarrollo económico que pretende promover.

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Por: César Marín

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