Wetripantü: la celebración que quisieron que olvidáramos

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Cada año, en la noche más larga, ocurre algo que trasciende lo astronómico. El solsticio de invierno marca el inicio de un nuevo ciclo en la naturaleza, un momento que los pueblos originarios del sur del mundo han reconocido y celebrado desde mucho antes de que existieran calendarios impuestos o explicaciones científicas formales. Ese momento es el Wetripantü.

No se trata solo de una fecha simbólica. Es la observación consciente de los ciclos de la vida: los árboles que comienzan a prepararse para brotar, la tierra que se reorganiza, las energías que cambian. Es, en esencia, una forma de entender el mundo desde la conexión profunda con la naturaleza. Nuestros ancestros no necesitaban tecnología para comprender estos procesos; les bastaba con mirar, sentir y habitar su entorno.

Sin embargo, esta sabiduría fue sistemáticamente atacada. La colonización no solo se impuso con violencia física, sino también cultural. Se desacreditó la cosmovisión de los pueblos originarios, catalogándola como superstición o incluso como algo maligno. Así, celebraciones como el Wetripantü fueron desplazadas, reinterpretadas o directamente ocultadas bajo otras tradiciones, como la noche de San Juan.

Pero ese intento de borrado no fue total. La resistencia de los pueblos originarios permitió que este conocimiento sobreviviera, muchas veces en silencio, otras tantas en abierta rebeldía. Hoy, ese legado vuelve a emerger con fuerza, recordándonos que existen otras formas de entender la vida, más integradas y respetuosas con el entorno.

En tiempos de crisis climática, esta reflexión se vuelve aún más urgente. Resulta preocupante que, mientras la evidencia científica es clara respecto al impacto humano en el cambio climático, tengamos autoridades que relativizan esta realidad. Un gobierno con posturas negacionistas y una ministra de Medio Ambiente que pone en duda la responsabilidad humana no solo desatienden la urgencia del problema, sino que también se alejan de una comprensión básica del equilibrio natural que los pueblos originarios han sostenido por generaciones.

Mientras el modelo dominante ha llevado al deterioro ambiental, han sido precisamente estos pueblos quienes han defendido los territorios, los bosques y los equilibrios naturales. Reconocer el Wetripantü no es solo un acto cultural; es también una invitación a replantear nuestra relación con la naturaleza y a cuestionar las decisiones que hoy están marcando nuestro futuro.

La nueva vuelta del sol no solo marca un cambio de estación. Es una oportunidad para detenernos, observar y aprender de quienes nunca dejaron de entender que somos parte de un ciclo mayor.

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Por Roberto Guarda Asenjo
Dirigente social

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