Día Internacional de la Madre Tierra: el suelo que no vemos y el futuro que sí podemos construir

Por Hardy Cárdenas Quichillao — Fundador de Grassland Analysis

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Hoy es el Día Internacional de la Madre Tierra. Y mientras el mundo celebra con declaraciones, compromisos y campañas de comunicación, hay una crisis silenciosa que avanza debajo de nuestros pies — literalmente — y que muy pocos están midiendo con la seriedad que merece.

Hablo del suelo.

No del suelo como metáfora ni como concepto filosófico. Del suelo como sistema vivo, como infraestructura biológica, como la base real sobre la que se sostiene la alimentación de ocho mil millones de personas. Ese suelo está en problemas graves. Y el sector que más ha contribuido a degradarlo somos nosotros: la agricultura y la ganadería.

Lo digo con conocimiento de causa. Y lo digo también con responsabilidad.

Los números que incomodan

Hasta el 40% de las tierras del mundo están degradadas, con su productividad biológica o económica reducida. Alrededor de 1.700 millones de personas viven en zonas donde el rendimiento de los cultivos es un 10% menor debido a la degradación causada directamente por la actividad humana. De ellas, 47 millones son niños menores de cinco años que sufren retraso en el crecimiento.

El 95% de los alimentos que consumimos depende de la salud del suelo. Si no se toman medidas, la producción agrícola global podría reducirse en un 12% para 2050, mientras que la demanda de alimentos aumentará en un 56% debido al crecimiento de la población.

El costo económico global de la degradación del suelo supera los 300 mil millones de dólares anuales, según estimaciones del Banco Mundial.

Y aquí está el dato que a mí más me interpela como profesional del agro: América Latina es la segunda región del mundo con mayor proporción de tierras degradadas, alcanzando un 21,9% del total. Entre las principales causas están el sobrepastoreo, la deforestación y las prácticas agrícolas inadecuadas.

No son datos de otro continente. Son datos de nuestra región. De nuestros campos. De nuestras decisiones.

El modelo que heredamos y que seguimos repitiendo

Durante décadas, la agricultura y la ganadería avanzaron bajo una lógica simple: producir más, más rápido, con más insumos. Arar para sembrar. Fertilizar para corregir. Tratar para controlar. Intensificar para crecer.

Ese modelo funcionó en el corto plazo. Aumentó la producción. Generó economías de escala. Alimentó a millones. Pero tuvo un costo que no apareció en las hojas de balance: la destrucción silenciosa de la base biológica que hace posible todo lo demás.

El suelo no es un soporte inerte. Es un sistema vivo. En un gramo de suelo sano habitan millones de microorganismos — bacterias, hongos, actinomicetos — que cumplen funciones que ningún fertilizante sintético puede reemplazar completamente: ciclar nutrientes, retener agua, suprimir patógenos, construir estructura. Cuando ese sistema se degrada, no se arregla con más insumos. Se reconstruye con tiempo, con manejo consciente y con comprensión real de lo que ocurre debajo.

El problema no fue falta de tecnología. Fue falta de comprensión sistémica.

Lo que vi hoy en una sala de clases

Esta mañana estuve con estudiantes de ingeniería agrícola y medio ambiente  en Santiago. Jóvenes que están eligiendo dedicar su vida profesional a este sector en un momento en que el planeta les está pidiendo algo completamente distinto a lo que el manual tradicional enseña.

Les hice una pregunta : ¿qué tipo de agrónomo quieren ser? ¿El que aplica el protocolo que heredó, o el que construye el modelo que el territorio necesita?

No es una pregunta retórica. Es la pregunta más importante que puede hacerse alguien que está entrando al sector hoy.

Porque la agronomía del siglo XXI no puede seguir siendo la del siglo XX con mejores aplicaciones móviles. Necesita un cambio de paradigma de fondo: pasar de medir variables aisladas a comprender sistemas vivos. Pasar de corregir síntomas a entender causas. Pasar de producir en el corto plazo a regenerar con lógica de largo plazo.

La regeneración no es romanticismo. Es evidencia.

Desde Grassland Analysis llevamos más de cuatro años midiendo lo que ocurre en el suelo de sistemas ganaderos y agrícolas del sur de Chile. Más de mil muestras microbiológicas, análisis químicos comparativos, mediciones semanales de praderas, registros de manejo potrero a potrero.

Lo que los datos muestran es consistente: cuando el manejo respeta los ciclos biológicos — cuando se le da descanso real a la pradera, cuando se evita el sobrepastoreo, cuando se activa la microbiología en vez de reemplazarla — el sistema responde. Aumenta la biomasa microbiana. Sube el carbono activo. Mejora la disponibilidad de nutrientes. Se estabiliza la estructura del suelo. Y con el tiempo, disminuye la dependencia de insumos externos.

No es teoría. Es lo que miden los datos en el campo.

Un análisis global basado en más de 1.600 metagenomas de suelos en 59 países confirmó algo que ya veíamos en escala local: a mayor diversidad microbiana del suelo, menor prevalencia de patógenos bacterianos humanos. El suelo sano no solo produce más — protege más.

La regeneración no es volver al pasado. Es entender los procesos naturales lo suficientemente bien como para construir el futuro sobre ellos.

La responsabilidad que tenemos

Hoy, Día Internacional de la Madre Tierra, no quiero escribir una columna de celebración. Quiero escribir una columna de responsabilidad.

Nuestro sector — el agropecuario — es uno de los mayores contribuyentes a la degradación del suelo, la pérdida de biodiversidad y las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global. Eso no es una acusación. Es un diagnóstico. Y los diagnósticos sirven para algo solo cuando generan acción.

La acción no es culpa. Es decisión.

Cada productor que decide medir antes de intervenir. Cada técnico que lee el sistema en vez de corregir síntomas. Cada empresa que exige trazabilidad real en lugar de sellos vacíos. Cada política pública que premia la acumulación de capital biológico en vez de solo el volumen producido. Cada estudiante de agronomía que se hace la pregunta correcta antes de graduarse.

Eso es lo que puede cambiar la dirección.

No necesitamos esperar a que la crisis sea más visible para actuar. El 40% de los suelos del planeta ya está degradado. El costo ya se está pagando — en productividad perdida, en seguridad alimentaria comprometida, en agua que no se retiene, en biodiversidad que no se recupera.

Lo que está en juego no es solo la rentabilidad del campo. Es la capacidad del territorio de sostener vida en el tiempo.

Y eso, en el fondo, es lo mismo que está en juego con la Madre Tierra.

Hardy Cárdenas Quichillao es fundador de Grassland Analysis, empresa chilena de análisis regenerativo de sistemas ganaderos y agrícolas, con operaciones en Chile y Colombia. Es autor del libro «Más allá de la sustentabilidad», actualmente en proceso editorial.

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