Millones al suelo, pero sin saber si mejora: el vacío en la política agrícola

Hardy Cárdenas Quichillao. Fundador de Grassland Analysis. Director de Diario El Ranco.

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Hace algunas semanas tuve la oportunidad de exponer en la Comisión de Fomento Productivo del Gobierno Regional de Los Ríos sobre el modelo que estamos desarrollando con Grassland. Asimismo, por invitación de ProChile, compartimos nuestra experiencia en países donde ya estamos trabajando, impulsando un enfoque basado en datos, suelo y sistemas productivos.

Ambos espacios —distintos, pero profundamente conectados— dejaron una sensación clara: el interés por avanzar existe. Pero aún no estamos midiendo lo que realmente importa.

Y eso se vuelve evidente cuando miramos cómo estamos invirtiendo en agricultura.

Solo este año, el Instituto Nacional de Desarrollo Agropecuario (INDAP) destinó más de $1.150 millones en la Región de Los Ríos para el establecimiento de praderas suplementarias. Una medida necesaria, oportuna y clave para enfrentar el invierno.

En paralelo, el Estado ha sostenido instrumentos como el Programa de Recuperación de Suelos Degradados (SIRSD-S), orientado a mejorar la fertilidad mediante correcciones químicas, incorporación de materia orgánica y prácticas de conservación. El año pasado, este programa implicó una inversión cercana a $71,6 millones en la región. A esto se suma el Programa de Apoyo al Mejoramiento de la Fertilidad en Sistemas Agropecuarios Productivos, ejecutado por la Seremi de Agricultura y financiado vía FNDR, con una inversión de $350 millones.

En total, estamos hablando de más de $1.500 millones invertidos en un solo año en la región.

Son herramientas distintas. Las praderas suplementarias responden a la urgencia. La recuperación de suelos apunta a lo estructural. Pero ambas comparten un mismo vacío: no sabemos con claridad si están logrando transformar los sistemas productivos.

En el caso de las praderas, el impacto es inmediato: se siembra, se genera forraje y se enfrenta el invierno. Pero la pregunta es inevitable:
¿qué pasa después?
¿Ese sistema mejora su capacidad de sostenerse por sí mismo?
¿Reduce su dependencia en el tiempo?
¿O vuelve a necesitar el mismo apoyo la temporada siguiente?

Con los suelos ocurre algo similar. Se aplican fertilizantes, se corrige el pH —es decir, se ajusta el nivel de acidez o alcalinidad del suelo para favorecer el crecimiento de las plantas— y se incorpora materia orgánica. Pero la pregunta sigue siendo la misma:
¿tenemos evidencia de que esos suelos realmente mejoran en el tiempo?
¿Aumenta su vida biológica?
¿Se vuelven más estables y productivos de manera sostenida?

Hoy, en la práctica, no existe una trazabilidad sistemática que permita responder esas preguntas.

Y aún más crítico: no diferenciamos entre quienes están mejorando… y quienes siguen degradando.

Un productor que avanza hacia un manejo más equilibrado puede recibir el mismo tipo de apoyo que otro que mantiene prácticas que deterioran el suelo o la pradera.

Entonces, el problema no está en los programas. Está en cómo evaluamos su impacto.

Porque sin métricas, sin seguimiento y sin datos acumulados en el tiempo, el Estado no puede distinguir entre sostener un sistema o transformarlo.

Y cuando esa diferencia no existe, aparece un riesgo evidente: convertir la política pública en un sistema sin fondo. Un sistema donde cada año se vuelve a invertir para sostener lo que no logró consolidarse. Donde el apoyo se vuelve permanente, pero no necesariamente progresivo.

Pero este no es un punto de cierre. Es una oportunidad.

Hoy sí tenemos la capacidad de medir y evaluar los suelos en el tiempo. Podemos entender su biología, su funcionamiento real y cruzar esos datos con la productividad y el manejo.

Y eso cambia todo.

Porque permite avanzar hacia algo mucho más potente: dejar de financiar prácticas… y comenzar a financiar resultados.

Apoyar a quienes mejoran.
Acompañar procesos de transición.
Hacer más eficiente el uso de los recursos públicos.

Y, sobre todo, reducir la dependencia y aumentar la autonomía de los sistemas productivos.

Porque no se trata solo de llegar al invierno. Ni solo de corregir el suelo.

Se trata de construir sistemas que, con el tiempo, necesiten cada vez menos intervención para sostenerse.

Chile tiene las herramientas. El siguiente paso es darles dirección.

Porque cuando no medimos el impacto, podríamos estar invirtiendo millones… sin cambiar el resultado.

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