El suelo no miente. El sistema sí

Una investigación de la Universidad de Talca y Wageningen University, publicada en 2026 en Environmental Innovation and Societal Transitions, desnuda algo que muchos productores del sur ya intuían: el sistema que financia, apoya y certifica la innovación agrícola no está diseñado para quienes cuidan la tierra. Está diseñado para quienes la escalan.

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En algún momento, alguien decidió que el campo se podía medir en partes. El suelo por un lado. El animal por otro. El producto al final. Y así, poco a poco, nos fuimos acostumbrando a un modelo productivo que analiza variables aisladas y toma decisiones sobre ellas, sin preguntarse nunca qué pasa cuando esas variables dejan de relacionarse entre sí.

El resultado está a la vista en Los Ríos y Los Lagos: praderas que tardan más en recuperarse, suelos que piden cada vez más insumos para producir lo mismo, animales que rinden menos sin que nadie sepa bien por qué. No es un problema de esfuerzo. Es un problema de modelo.

Por eso importa lo que acaba de publicar un equipo de investigadores de la Universidad de Talca y Wageningen University — una de las universidades agrícolas más prestigiosas del mundo — en Environmental Innovation and Societal Transitions, una de las revistas académicas más influyentes en innovación y sostenibilidad. No como noticia de ciencia lejana, sino como espejo de algo que ocurre aquí, en nuestras regiones.

Tuvimos la oportunidad de participar en esa investigación. Y leer sus conclusiones fue también observar parte de nuestra propia historia.

«Los emprendimientos orientados a la agricultura regenerativa enfrentan escepticismo. Incluso los fondos de impacto reproducen las mismas expectativas de retorno rápido que el capital de riesgo convencional.» — Gaitán-Cremaschi y Klerkx, Environmental Innovation and Societal Transitions, 2026

Un sistema diseñado para filtrar lo necesario

La investigación estudió el ecosistema chileno de start-ups agri-food y llegó a una conclusión incómoda: el sistema que supuestamente apoya la innovación sostenible está diseñado para filtrarla. Hay cuatro filtros que operan en silencio.

El primero es financiero. Los fondos de inversión están calibrados para negocios digitales que escalan rápido. Pero regenerar un suelo no se hace en dos años. Un ciclo biológico real puede tomar cinco o siete. Eso no cabe en ninguna planilla de proyección. Las soluciones que prometen resultados veloces obtienen capital. Las que prometen resultados reales, no.

El segundo filtro es corporativo. Las grandes empresas del sector agri-food abren sus puertas a la innovación, pero solo dejan entrar lo que no les cambia el negocio. Lo que desafía la lógica del insumo, de la cadena concentrada, de la producción homogénea, queda fuera. O peor: queda dentro, pero domesticado.

El tercero es de política pública. Y aquí la investigación es particularmente directa. Uno de los emprendimientos entrevistados lo dice sin rodeos:

«Al final te filtran por cuánto impacto económico generarás, no necesariamente por cuánto impacto ambiental o social.» — Fundador entrevistado en la investigación

Los programas del Estado miden lo que pueden justificar políticamente. Y lo que pueden justificar políticamente es crecimiento económico, no biodiversidad del suelo. Así que los emprendimientos que trabajan con sistemas vivos, con tiempos biológicos reales, con la resiliencia de largo plazo, tienen que aprender a hablar otro idioma para sobrevivir. Tienen que disfrazarse de productivos para acceder a lo que debería ser suyo por derecho propio.

El cuarto filtro es más silencioso: la fragmentación. Cada emprendimiento regenerativo recorre solo su propia curva de aprendizaje. No hay mecanismos para acumular ese conocimiento, para compartir lo que funciona, para construir entre todos un lenguaje común que le hable al mercado, a la política y a la sociedad.

Y eso tiene nombre. La investigación lo llama «filtrado direccional». Nosotros, desde esta orilla del río Bueno, lo reconocemos de otra manera: es el mismo mecanismo que durante décadas le dijo al pequeño productor que su forma de trabajar la tierra era bonita pero no era negocio.

El valle de la muerte que nadie nombra

Hay un momento que el paper describe con una imagen que los productores y emprendedores del sur reconocerán de inmediato: el «valle de la muerte».

No es una metáfora dramática. Es el nombre técnico que los investigadores le dan al momento en que un emprendimiento regenerativo ha superado sus primeras etapas, tiene resultados reales, pero el sistema de apoyo lo abandona exactamente ahí — justo cuando más necesita recursos para validar y escalar lo que ya demostró que funciona.

El sistema financia los primeros pasos. Celebra los pilotos. Aplaude las presentaciones. Pero cuando llega el momento de convertir años de trabajo en algo medible, comparable y transferible, el capital se retira. Los tiempos biológicos no encajan con los horizontes de retorno. Y el emprendimiento muere — no por falta de resultados, sino por falta de un sistema dispuesto a esperar el tiempo que la naturaleza necesita.

Cuántos proyectos hemos visto desaparecer así en Los Ríos y Los Lagos. Cuánta experiencia acumulada que se fue con ellos.

La monocultura que nadie ve

La ironía más profunda de todo este análisis es la que los investigadores nombran al final: el resultado de todos estos filtros combinados no es un ecosistema diverso de innovación. Es una monocultura institucional.

El paper lo llama «ecosystem monoculture»: una configuración donde la diversidad de innovación se estrecha porque todos los emprendimientos terminan hablando el mismo idioma para sobrevivir. El idioma del crecimiento rápido, de la escalabilidad financiera, de la productividad medible en el corto plazo.

La ironía es perfecta y devastadora: el sistema que dice apoyar la transformación de la agricultura termina produciendo exactamente lo que el campo que dice querer cambiar — una monocultura. No de cultivos. De ideas. De modelos. De formas permitidas de innovar.

Y una monocultura, como cualquier agrónomo sabe, es siempre más frágil que un sistema diverso. Más dependiente de insumos. Menos capaz de responder a crisis. Menos resiliente en el tiempo.

Lo que se mide. Y lo que no.

Gran parte de los modelos tecnológicos actuales siguen intentando resolver problemas complejos desde miradas parciales.

Se mide producción sin medir degradación. Se mide eficiencia sin medir agotamiento humano. Se mide rentabilidad sin medir resiliencia territorial. Y se habla de innovación sin preguntarse qué tipo de agricultura estamos construyendo para las próximas generaciones.

La salud del suelo no está separada de la productividad. La biodiversidad no está separada de la resiliencia económica. La microbiología no está separada de la calidad alimentaria. Y las personas no están separadas del estado de los sistemas que habitan y gestionan.

Eso lo entendimos después de más de ocho años de trabajo en terreno, acompañando productores, midiendo lo que nadie medía, insistiendo en que el suelo, la planta, el animal y el producto son un sistema y no variables separadas. No llegamos a esa conclusión leyendo papers académicos. Llegamos caminando potreros.

«No basta con hacer bien las cosas. Hay que poder demostrarlo.» — Grassland Analysis 2.0

Lo que dice la investigación sobre Grassland

En un estudio que analizó 38 emprendimientos del ecosistema agri-food chileno, Grassland Analysis aparece citado dos veces. No por sus cifras de crecimiento ni por su modelo de escalabilidad. Por la profundidad de la pregunta que hace.

La primera cita corresponde a la sección sobre visiones y expectativas del nicho. Los investigadores identifican una tensión interna entre emprendimientos que digitalizan para optimizar insumos, y otros que conectan la tecnología con una agenda regenerativa de fondo. Grassland está en el segundo grupo, y es citado con esta pregunta:

«¿Por qué tuvimos que destruir el suelo para producir alimentos? Era un círculo vicioso.» — Grassland Analysis, citado en Gaitán-Cremaschi y Klerkx, 2026

La segunda mención aparece en la sección sobre orientación transformadora del nicho. Los investigadores distinguen entre emprendimientos que se adaptan a las reglas del sistema dominante y los que buscan cambiarlas. Grassland queda ubicado en este segundo grupo — los que promueven independencia productiva respecto de los proveedores de insumos y cuestionan la lógica de fondo de la agricultura industrial.

En el lenguaje académico del paper, eso se llama orientación stretch-and-transform: los que no buscan encajar en el sistema, sino reorientarlo. De 38 emprendimientos estudiados, ese es el grupo más pequeño. Y Grassland está en él.

Una respuesta que ya está caminando

Grassland Analysis no llegó a estas conclusiones leyendo papers. Llegó por otra vía — más de 25 años de trabajo, ocho de ellos construyendo datos, metodología y un modelo que integra suelo, planta, animal, producto y ser humano como un sistema vivo. Por eso resulta significativo que una investigación internacional describa como urgente exactamente lo que este modelo lleva años construyendo: validación científica, colaboración entre actores, redes que acumulen conocimiento en lugar de duplicarlo.

No lo dijimos nosotros primero. Lo dice la investigación. Y eso, lejos de ser una coincidencia menor, confirma que el camino tiene sentido.

Porque detrás de cada dato existe una historia humana. Detrás de cada suelo degradado existen familias presionadas, desgaste emocional e incertidumbre. Y detrás de cada proceso regenerativo exitoso existen productores, familias y equipos humanos que volvieron a reconectarse con la observación, el territorio y el propósito profundo de producir alimentos.

La próxima etapa no será solo tecnológica

La inteligencia artificial, los sensores, las imágenes satelitales y las nuevas tecnologías serán herramientas extraordinarias. Pero por sí solas no resolverán la crisis agrícola si continúan desconectadas de la comprensión biológica y humana de los sistemas vivos.

Hoy Grassland Analysis está en una etapa diferente. El trabajo ya no ocurre solo en los predios del sur de Chile. Está comenzando a ocurrir en colaboración con universidades, con empresas, con el sector público, y también en otros países donde la pregunta sobre cómo producir sin destruir el suelo se hace cada vez con más urgencia. Chile y Colombia son los primeros nodos de algo que tiene vocación continental.

«Siempre hemos sentido que el camino es unirnos, más que trabajar fragmentados.» — Grassland Analysis

La investigación concluye que para que los nichos regenerativos tengan impacto transformador se necesita capital paciente, compromisos reales de sostenibilidad y gobernanza multiactor. Es decir: colaboración con respaldo científico, no solo buenas intenciones. La validación científica no es un lujo académico. Es la llave que permite escalar lo que funciona en un predio del sur de Chile a una conversación que involucra a toda la región.

La pregunta que queda abierta

¿Vamos a esperar a que este modelo se valide en otro lado para reconocerlo como propio, o vamos a entender que lo que está ocurriendo aquí, en Los Ríos y Los Lagos, ya es parte de la respuesta?

El suelo de esta región tiene una historia biológica que ningún insumo importado puede reemplazar. Lo que necesita es un sistema que sepa leerla, interpretarla y comunicarla. No para venderla como concepto, sino para defenderla como valor.

Ese sistema existe. Está creciendo. Y la academia internacional ya lo está mirando.

La pregunta es si nosotros también lo vamos a ver.

Por Hardy Cárdenas Quichillao
Fundador, Grassland Analysis

Fuente académica citada: Gaitán-Cremaschi, D. y Klerkx, L. (2026). “The roles of agri-food tech start-up ecosystems in strategic niche management for food system transitions”. Environmental Innovation and Societal Transitions, Vol. 60, 101140. Universidad de Talca y Wageningen University (Países Bajos) / Center for Advancing Agri-Food System Transformation (CA2FST), Santiago, Chile. https://doi.org/10.1016/j.eist.2026.101140

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