En los últimos años, comprar bidones de agua purificada se ha convertido en parte de la rutina de muchos hogares chilenos. En oficinas, gimnasios y espacios públicos abundan los dispensadores, y cuando nos ofrecen un vaso de agua, no es raro preguntar: ¿es de la llave?
Pero, ¿realmente existe una diferencia que justifique este cambio en nuestros hábitos de consumo?
Un estudio elaborado por la empresa EMR, con sede en Sheridan, Estados Unidos, estimó que el mercado del agua embotellada en Chile alcanzó en 2024 un valor de US$ 1.710 millones, reflejando el crecimiento sostenido de esta industria (Diario USACH, 2026).
Desde el punto de vista técnico, la académica de la Universidad de Santiago, Cristina Villamizar, explica que el agua potable corresponde al agua proveniente de fuentes naturales que es sometida a procesos de potabilización antes de ser distribuida a través de la red pública. En cambio, el agua purificada generalmente corresponde a agua potable que posteriormente pasa por procesos adicionales, como la ósmosis inversa o la desmineralización.
En términos sanitarios, ambas son aptas para el consumo humano cuando cumplen la normativa vigente. La principal diferencia radica en sus características organolépticas —como el sabor y el olor— y en la cantidad de minerales disueltos que contienen.
Muchas personas prefieren consumir agua purificada porque perciben un menor sabor a cloro o porque consideran que posee menos minerales. Sin embargo, es importante aclarar que el agua potable distribuida por las empresas sanitarias debe cumplir estrictos estándares de calidad establecidos por la legislación chilena.
En Chile, el agua potable debe ajustarse a la Norma Chilena NCh 409, la cual establece exigencias sobre parámetros físicos, químicos, microbiológicos y organolépticos para garantizar que sea segura para el consumo humano. Esta normativa, fiscalizada por la Superintendencia de Servicios Sanitarios (SISS) y las autoridades sanitarias, considera aspectos como:
- Concentración de sustancias químicas y metales.
- Turbiedad y ausencia de microorganismos patógenos.
- Características físicas como color, olor y sabor.
- Procesos de desinfección que aseguren la ausencia de bacterias que puedan afectar la salud.
Además, el agua es monitoreada de manera permanente tanto por las empresas sanitarias como por organismos públicos, entre ellos el Ministerio de Salud, las SEREMI de Salud y la propia SISS.
Uno de los elementos que suele generar dudas es el cloro. Sin embargo, su presencia cumple una función fundamental: mantener el agua desinfectada durante todo su recorrido por la red de distribución y prevenir enfermedades de transmisión hídrica. Gracias a este proceso, enfermedades como el cólera o la fiebre tifoidea dejaron de ser una amenaza asociada al agua potable en Chile.
Asimismo, en gran parte del país el agua contiene flúor en concentraciones reguladas por el Ministerio de Salud, como una medida de salud pública orientada a disminuir la incidencia de caries dentales.
¿Y qué ocurre en el sur de Chile?
En regiones como Los Ríos, donde convivimos diariamente con ríos, esteros, humedales y abundantes precipitaciones, solemos asociar el agua con pureza y disponibilidad. Sin embargo, el agua que llega a nuestros hogares no depende únicamente de la calidad de la fuente natural. También influye el tratamiento sanitario, el estado de la infraestructura y el control permanente que garantizan que sea segura para beber.
Es cierto que el sabor del agua puede variar entre ciudades o incluso entre sectores de una misma comuna. Ello depende de factores naturales como la composición geológica de las cuencas, la presencia de minerales y los procesos de tratamiento aplicados. Pero estas diferencias no significan, por sí mismas, que un agua sea menos segura que otra.
Como profesionales vinculados al manejo del agua y los suelos, muchas veces ponemos el foco en la disponibilidad del recurso para la agricultura o los ecosistemas. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre el agua que consumimos diariamente y las decisiones que tomamos como consumidores.
Más que una decisión sanitaria
Si el agua potable que llega a nuestros hogares cumple exigentes estándares sanitarios y es permanentemente fiscalizada, surge una pregunta inevitable.
¿Por qué cada vez más personas prefieren pagar alrededor de $125 por litro de agua embotellada, cuando el agua de la llave tiene un costo cercano a los $2 por litro?
¿Estamos frente a una decisión basada en evidencia científica? ¿Influye más el sabor, la confianza en las marcas, el marketing o simplemente un hábito que hemos incorporado con el tiempo?
La respuesta probablemente combina todos esos factores. Pero también existe otra dimensión que merece atención: el impacto ambiental. Cada litro de agua embotellada implica envases plásticos, transporte, almacenamiento y una huella de carbono significativamente mayor que la del agua potable distribuida por la red pública.
En un momento en que hablamos de sostenibilidad, economía circular y cuidado de los recursos naturales, quizás también vale la pena preguntarnos si nuestras decisiones cotidianas son coherentes con esos principios.
No se trata de afirmar que una opción sea siempre mejor que la otra. Se trata, más bien, de decidir con información y no únicamente por percepción.
Porque el agua no solo es un producto que compramos. Es uno de los recursos naturales más valiosos que tenemos y cuya gestión será uno de los grandes desafíos de las próximas décadas.
¿Y usted? ¿Bebe agua de la llave o prefiere agua purificada? ¿Qué razones sustentan su decisión? Los invitamos a compartir su opinión.




